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Ante el cerco informativo, cada uno de nosotros será un medio de información. Ante el engaño y la manipulación nos haremos cargo de abrirle paso a la verdad.






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septiembre 22, 2008

S11 NYC - S15 MORELIA

Desfiladero

Jaime Avilés
jamastu@gmail.com

  • Morelia: “fue AMLO”, afirma una tv de Saltillo
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¿Qué diferencias hay entre el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y el 15 de septiembre de 2008 en Morelia? Tantas que ni hace falta nombrarlas. Vale más señalar, en cambio, las similitudes que hubo en las reacciones de George Bush y Felipe Calderón. Después de los atentados, a pesar de su origen electoral espurio, ambos aprovecharon las tragedias para llamar a las fuerzas políticas de sus respectivos países a reconocerlos como líderes únicos.

Bush redujo las libertades públicas en Estados Unidos, atacó Afganistán para instalar un gasoducto, culpó a Saddam Hussein, lo acusó de tener armas de destrucción masiva, invadió Irak y causó la muerte de más de 100 mil inocentes. Pero luego reconoció que todo era un mero pretexto para tratar de adueñarse de una de las mayores reservas de petróleo del mundo.

En México, no lo olvidemos, el Senado analiza una serie de iniciativas de reforma, enviadas por Calderón, que de ser aprobadas permitirán que empresas de Estados Unidos exploren, extraigan, exporten, almacenen y transformen nuestro petróleo. No es gratuito, entonces, que al día siguiente de las granadas en Morelia, Tony Garza, el embajador estadunidense, haya salido a los medios a condenar el acto “narcoterrorista”. Leer más

septiembre 19, 2008

LAS ESQUIRLAS

Luis Javier Garrido

Las esquirlas

El gobierno calderonista ha hecho de la violencia material su principal arma política y ésta ha terminado por revertírsele.

1. La incapacidad del gobierno de facto para responder políticamente ante el grave atentado cometido la noche del 15 de septiembre en Morelia no ha hecho más que agravar la crisis política latente que vive México y comprometer de paso su propio futuro. Calderón no ha hecho otra cosa desde los estallidos de las granadas que ocasionaron ocho muertos y más de 100 heridos que buscar sacar beneficios políticos del hecho trágico, tratando de hacerse publicidad, de fortalecer su campaña permanente de amedrentamiento de la población y de preconizar una subordinación de la oposición a sus políticas en aras de alcanzar la “unidad nacional”, como lo han hecho desde siempre los gobiernos autoritarios.

2. Y como si no fuera poco, no han faltado otras voces como los de algunos locutores del programa Tercer Grado, de Televisa, que en la emisión del miércoles 17 hablaron incluso de una política de “autocensura” de los medios para ocultar informaciones y fotografías, como las de las narcomantas, aludiendo a la portada del número 1661 de la revista Proceso del 31 de agosto, en la que se podía leer en una de ellas un mensaje que iniciaba diciendo: “Sr. Narco Presidente, si quiere que se termine la inseguridad deje de proteger a los narcotraficantes como el Chapo Guzmán…”

3. En medio del caos declarativo que se ha sucedido y que ha agravado la confusión, a nadie pudo extrañar, por consiguiente, la afirmación del embajador estadunidense, Tony Garza, que interviene cada vez más, con la tolerancia del gobierno calderonista, en los asuntos internos de México, y quien rompiendo todas las reglas del comportamiento diplomático atribuye también el acto al que llama “el narcoterrorismo” aun antes de que haya investigación alguna (16 de septiembre), arrojando así la sospecha, según algunos analistas, de que la mano de la CIA y de otras agencias estadunidenses pudiera estar involucrada en la fabricación del clima de violencia que se ha gestado en México en este sexenio, habida cuenta de los actos de desestabilización que la administración Bush está llevando a cabo en su ocaso en Bolivia, en Argentina y en Venezuela.

4. Un hecho, sin embargo, no puede soslayarse, y es que aun siendo correcta la hipótesis de que fue “el narco” el responsable del acto criminal, buscando supuestamente exigir con éste se ponga fin al intento del gobierno de reordenar el mercado del narcotráfico en beneficio de los cárteles que le son afines, el atentado se inscribe en el clima de violencia generalizada que le han impuesto Calderón y los panistas al país al hacer intervenir a los cuerpos de seguridad del Estado en tareas que no les competen, con evidentes propósitos políticos, y no es de sorprender, por lo mismo, que sean ellos los que pretenden ya desde ahora sacarle beneficios políticos.

5. El verdadero responsable del escenario de caos que prevalece en la República es a pesar suyo Felipe Calderón, quien luego de lograr imponerse en 2006 por la vía del fraude aceptó como estrategia fundamental de su gobierno para superar la situación crítica en que se hallaba el utilizar anticonstitucionalmente al Ejército para amedrentar a la población con el pretexto de la lucha antinarco, lo que permitía, además, reordenar el mercado de la droga, desviando la atención de sus políticas antipopulares; de ahí que una y otra vez se fuera ufanando en repetir que iba a “haber muertos”. Sigue leyendo

septiembre 18, 2008

ANTE LA BARBARIE, RESPUESTA IMPROCEDENTE

Editorial

La Jornada

Ante la barbarie, respuesta improcedente

La noche del lunes pasado, durante la celebración del 198 aniversario del inicio de la Independencia, varios artefactos explosivos fueron activados en la repleta plaza Melchor Ocampo, de Morelia, Michoacán. El saldo del atentado es, según cifras de la procuraduría estatal, de siete muertos y más de un centenar de heridos.

El ataque, abominable desde cualquier perspectiva, constituye un nuevo escalón en la barbarie que sacude al territorio nacional, en la medida en que ha tomado como objetivo a personas inocentes y ajenas a los conflictos entre organizaciones criminales y a las pugnas entre éstas y las corporaciones de seguridad pública.

Si se considera que este atentando artero contra civiles fue perpetrado en la ciudad natal del titular del Ejecutivo federal, en el momento culminante de la más significativa ceremonia republicana y horas antes de la mayor exhibición de fuerza militar por parte del poder público –es decir, con la garantía de una cobertura informativa masificada e instantánea–, es inevitable percibir en esta atrocidad tanto la intención de provocar un impacto mediático de gran escala en todo el país como la carga simbólica de un inequívoco mensaje de desafío a las más altas instancias del Estado.

La sociedad se encuentra ante un hecho delictivo de extremada violencia que escapa, al parecer, a la lógica tradicional de disputas territoriales, venganzas y ajustes de cuentas en el seno de la delincuencia organizada, y asiste al surgimiento de ataques homicidas perpetrados sin otro propósito que causar pánico y zozobra en la población y en las autoridades.

En el desfile militar de ayer, en un discurso fuera de programa, Felipe Calderón Hinojosa formuló severas descalificaciones contra los autores del atentado, lo vinculó de alguna forma con la fractura política que vive el país, exhortó a la oposición a renunciar a sus posturas e hizo un enésimo llamado a la unidad nacional que, según él, ameritan sus estrategias contra la criminalidad. La alocución referida falló en el tono, expresó ideas erróneas y, lejos de aportar elementos para la comprensión de lo ocurrido, introdujo factores adicionales de confusión ante la opinión pública: en una circunstancia como la presente cabe esperar de una jefatura de Estado firmeza, sí, pero también serenidad y mesura en la formulación de los problemas. En cambio, los ácidos denuestos vertidos por Calderón contra los agresores criminales dejaron ver inseguridad y descontrol. Adicionalmente, por más que haya resultado tentador el empleo de la expresión “traidores a la patria” en un discurso de 16 de septiembre, llamar así a quienes, en rigor, no lo son –y no hay aquí afán alguno de exculpar a los responsables del atentado, sino reclamo de precisión conceptual–, confunde y distorsiona la percepción pública del fenómeno delictivo. Lo más preocupante del mensaje comentado es la referencia a la polarización política que afecta a la ciudadanía, como si esa división fuese un factor causal o un agravante de la escalada de violencia delictiva y como si, para erradicarla, bastara con que la oposición depusiera sus diferencias con la administración actual.

La fractura referida, hay que recordarlo, no empezó antenoche en el Zócalo capitalino, sino en las postrimerías del foxismo, cuando el régimen intentó impedir por todos los medios –legales e ilegales– la llegada al poder de un proyecto alternativo de sociedad y de país, y se profundizó en el desaseado proceso electoral de julio de 2006, que culminó con la conformación de una presidencia impugnada por un tercio del electorado y deficitaria en legitimidad. El colapso de la seguridad pública y la ofensiva de la criminalidad, en cambio, son resultado de la desintegración social causada por el ciclo de gobiernos neoliberales todavía vigente y por la falta de visión y pericia de la actual administración.

El movimiento opositor al que Calderón Hinojosa exhortó ayer a la claudicación es, sin embargo, diametralmente opuesto a la salvaje violencia delictiva que se hizo notar en Morelia: mientras que ésta sembraba la muerte, el dolor y el pánico en la plaza central de esa ciudad, los seguidores de Andrés Manuel López Obrador hacían gala de civismo y espíritu pacífico en el principal espacio público de la ciudad de México, cercado por las fuerzas federales de seguridad, y que, sin embargo, fue ocupado, utilizado y desalojado en completo orden y disciplina por los integrantes de la resistencia civil. No hay razón ni justificación, por lo tanto, para mezclar, en una misma alocución, asuntos tan distintos e inconexos como las contiendas políticas en curso y el sangriento acoso de la criminalidad organizada.